martes, 17 de marzo de 2020

DUALISMO ANTROPOLÓGICO: MECANICISMO, LIBERTAD E IGUALDAD ENTRE HOMBRES Y MUJERES

DUALISMO ANTROPOLÓGICO: MECANICISMO, LIBERTAD E IGUALDAD ENTRE HOMBRES Y MUJERES
Por Paula Pamies 2º Bat. A. 
 ¿En qué se divide el ser humano para Descartes?, ¿qué relación hay entre las dos sustancias que componen al ser humano?, ¿por qué las pasiones siendo parte del cuerpo tienen que ser gestionadas por el pensamiento?, ¿existe la libertad?, ¿la presciencia divina es contradictoria a la libertad? Por último responderé a la pregunta de si es la igualdad entre hombres y mujeres un error, según esta teoría de Descartes. Para entender mejor el tema a tratar considero necesario definir los términos de la pregunta, ˋˋdualismo´´es una doctrina filosófica que explica el orden de las cosas como la combinación de dos principios opuestos, en este caso son el cuerpo material y el pensamiento. El siguiente término es ˋˋantropológico´´ que tiene relación con el hombre, ciencia que estudia tanto los aspectos físicos como las actitudes sociales y culturales de los seres humanos.

Para Descartes el ser humano está compuesto por dos sustancias independientes e irreductibles entre sí, estas dos sustancias son el pensamiento y la materia extensa. Ante este dualismo, Descartes llega a dos razonamientos, el primero es que el cuerpo y el alma están estrechamente unidos, y el segundo es que el alma como ser pensante es independiente de la materia extensa, es decir, el cuerpo, por lo que aunque estén tan unidos el alma puede existir sin él. Ante este razonamiento hay un problema que Platón también tenía, y es qué tipo de relación hay entre estas dos sustancias, la explicación que da Descartes la explicaré en el siguiente párrafo.

Según Descartes, las dos sustancias están tan unidas que llegan a estar mezcladas y dar la percepción de que se trata de una misma cosa. Pero claro no pueden ser una misma porque sino cuando tenemos un corte, pongamos en la rodilla, como ser pensante no sentiríamos dolor, solo percibiríamos la herida como forma de entendimiento, pero como sí sentimos dolor, llegamos a la conclusión de que la relación que existe es muy estrecha. Además, Descartes para explicar su relación se basa en una explicación fisiológica, él dice que en la parte más baja del cerebro, en el centro, se encuentra un glándula llamada pineal, que es el punto de contacto donde tiene lugar la interacción cuerpo-alma. Ante esta relación tan estrecha pero a la vez siendo las dos sustancias tan distintas, Descartes se pregunta cómo las pasiones siendo parte del cuerpo tienen que ser gestionadas por el pensamiento, su explicación la expondré a continuación.

Las pasiones son las percepciones, sentimientos o emociones que se dan en nuestro cuerpo pero que afectan a nuestra alma, estas son originadas en el cuerpo y causadas por las tendencias del cuerpo y las fuerzas vitales. Las pasiones son involuntarias e irracionales, involuntarias ya que no dependen del alma racional pero ellas se le imponen al alma, y son irracionales ya que no siguen las leyes de la racionalidad. Por estas características de la pasiones la fuerza del alma y la voluntad se ven obligadas a luchar contra ellas para dirigirlas y controlarlas. Estas no son malas pero tienen la exigencia de que de forma inmediata se les sea satisfechas, son impacientes por decirlo de un modo más simple, este hecho obliga a la voluntad a orientarlas de forma racional. La razón proporciona conocimientos y juicios para que la voluntad pueda conducir las acciones de la vida correctamente, por lo que las pasiones no son buenas ni malas en sí mismas sino que sólo lo es el uso que se hace de ellas. Además en la lucha del alma por controlar las pasiones interviene la libertad, que se expondrá de manera continua.

La libertad se encuentra en el alma ya que no está sometida a las leyes de la mecánica como lo está el cuerpo. Para Descartes la libertad se identifica con el alma, ya que el alma consta del entendimiento, pensar, y la voluntad, facultad de negar o afirmar algo, por lo que llega a la conclusión de que la libertad existe de forma evidente y es la máxima perfección del hombre. Según Descartes la libertad nos la ha proporcionado Dios y como él afirma su existencia, es una razón más para afirmar la existencia de la libertad. La libertad es la característica esencial de la voluntad, ya que ésta nos lleva hacia el bien o hacia el mal, hacia la verdad o hacia el error, nos llevará a la verdad cuando la voluntad obedezca a una razón pura y atenta, de el contrario nos conducirá al error. Por lo tanto, la libertad es la capacidad de elegir entre diferentes opciones que se nos presentan. Solamente cuando el entendimiento tenga las ideas claras sobre lo bueno y lo malo, la voluntad hará su función, en caso opuesto nos encontramos con la indiferencia que no es libertad sino ignorancia del entendimiento. También tenemos que llevar cuidado con la prevención y la precipitación, ya que estas dos acciones hay que evitarlas porque la prevención es negarse a hacer algo evidente por la razón y que no se efectúa por exceso de escepticismo, en el lado contrario está la precipitación que es que la voluntad acepte hacer algo antes de ser sometido y analizado por la razón. Estos dos casos hay que evitarlos, porque no estamos actuando racionalmente.

Ante la existencia de la libertad encontramos un problema la presciencia divina, que Descartes explicó y solucionó. Esta teoría expone que Dios como creador de todo y ser omnisciente, conoce el futuro, por lo tanto las decisiones que tomarán los seres humanos. Mediante esta explicación, la teoría mantiene que no existe la libertad puesto que Dios conoce lo que harán los humanos. Descartes ante esta teoría argumentó que no es incompatible que Dios conozca el futuro con que los humanos sean libres de decidir sus acciones. Este argumento se puede entender mejor mediante un ejemplo, yo sé que dos personas se odian y quieren pelearse, entonces yo sabiendo que si esas personas se ven se van a pelear, les digo que acudan a un mismo lugar y a una misma hora, por mucho que yo sepa lo que va a ocurrir sigue siendo decisión suya tanto acudir al sitio como pelearse cuando vean a la otra persona.

Una vez expuesto el tema a tratar voy a responder a la pregunta de si la igualdad entre hombres y mujeres es un error. Para empezar Descartes afirma que la razón es la cosa mejor repartida del mundo, por lo que siguiendo esto, la razón es igual tanto para hombres como para mujeres. Si siguiendo una razón pura llegamos a la verdad y los dos sexos tenemos la misma razón porque iba a ser la igualdad entre ellos un error, sería un error si alguno de ellos se dejara llevar por las pasiones ya que no fuese capaz de actuar correctamente al tener una menor razón o entendimiento. Por lo que no es un error que haya igualdad entre hombres y mujeres, ya que los dos tienen la misma capacidad de razonamiento que los llevará a actuar correctamente, además la libertad para Descartes sí existe ya que el alma lucha contra las pasiones para decidir racionalmente, por lo que unimos libertad con razón y si todos tenemos la misma razón tenemos que tener la misma libertad, y sin igualdad no hay libertad, por lo que concluyo, con que sí tiene que haber igualdad entre hombres y mujeres.

Para terminar, haré un pequeña conclusión, para Descartes el ser humano consta de dos sustancias independientes, el pensamiento y la materia extensa, estas dos comparten una relación muy estrecha que puede llegarse a percibir como una misma, además están en contacto mediante la glándula pineal. Descartes también explica que las pasiones tienen que ser gestionadas por el pensamiento porque sino nuestras acciones no serían correctas y racionales, además en la lucha del alma para controlarlas aparece la libertad, que nos conduce a la verdad cuando la razón es pura y atenta. Además debemos evitar la prevención y la precipitación ya que estas dos acciones no están influenciadas por la razón, que es la que nos conduce al bien y a la verdad. Después encontramos la presciencia divina que niega la libertad, en contra de ella Descartes argumenta que Dios puede conocer el futuro pero eso no es opuesto a que los humanos puedan elegir libremente. Por último he contestado a la pregunta formulada al principio de la exposición de si es un error la igualdad entre hombres y mujeres, a la que he respondido que no, ya que teniendo el mismo razonamiento, luchan de igual manera contra las pasiones, por lo que uniendo libertad con razón y libertad con igualdad llego a la conclusión de mi respuesta.


Preguntas de verificación:
1. Reproduce el argumento de Descartes según el cual cometemos errores.
2. ¿Cuál ha de ser nuestra conducta ante las pasiones y por qué?
3. ¿Cómo es posible que seamos libres si Dios lo conoce todo?
4. ¿Defendería Descartes la igualdad entre hombres y mujeres desde la sustancia extensa o cuerpo? Razona tu respuesta. 

sábado, 18 de enero de 2020

Concepto de sustancia en Descartes y sus tipos


Concepto de sustancia en Descartes y sus tipos


Para un desarrollo adecuado de la temática de la redacción creo importante responder a las siguientes cuestiones: ¿qué se entiende por el concepto de sustancia?, ¿Qué tipos de sustancia distingue Descartes?  ¿qué explicación tiene el mundo físico?. A continuación comenzaré por explicar el tema de la redacción.

Descartes define sustancia como una cosa que no tiene necesidad más que de sí misma para existir. Está definición es algo oscura, por lo que solamente es aplicable a Dios. No obstante,  la definición de sustancia, por analogía, o razonamiento de semejanza y diferencia también es aplicable a “el yo o alma” y a “los cuerpos materiales” ya que no necesitan el uno del otro para existir, en esto radica la semejanza analógica con la sustancia infinita o Dios, pero ambas aunque sean sustancias existen en la sustancia suprema o Dios, esta es la diferencia analógica. Para poder distinguir estos principios, Descarte llama a la sustancia pensante, res cogitans y a la sustancia extensa, res extensa. Veamos como llega a la sustancia pensante.

Descartes para descubrir una verdad intuida, evidente, clara y distinta, comienza dudando de todo, llevando esta duda a contradicción, es decir, no puedo dudar de que dudo, y dudar es pensar, por lo que descubre una verdad indubitable: yo pienso, yo soy, también lo dice con otra fórmula,  pienso, luego existo. Aquí Descartes da un significado amplio a pensar, pues también significa, afirmar, negar, estar triste o alegre, ...  Esto quiere decir que debajo de los actos de dudar, afirmar, negar, ... existe una susbstancia que da soporte a dichos actos, es la sustancia pensante o res cogitans.  Veamos ahora cómo define a Dios.

 A la idea de Dios llega Descartes a partir del siguiente momento deductivo: he llegado a la verdad indubitable de yo pienso, yo soy, dudando, pero tengo en mi la idea de perfección que no he podido crear yo, pues si la hubiese creado me hubiese dado tanta perfección a mí como perfección hay en la idea, y no es el caso. Luego existe un ser perfectísimo, Dios. “Bajo el nombre de Dios entiendo una sustancia infinita, eterna, inmutable, independiente, omnisciente, omnipotente, por la cual yo mismo y todas las cosas que existen han sido creadas y producidas”. Así es como define Descartes la sustancia infinita. Sin embargo, en el proceso lógico de demostración de las sustancias, Dios ocupa el segundo lugar. El primero lo ocupa el cogito. Esto es debido a que, a menos que afirmemos primero la existencia de un sujeto que piensa, no es posible ni siquiera pensar la idea de Dios. De la afirmación de que necesariamente debe existir un sujeto (o cosa) que piensa, Descartes deduce, en consecuencia con su teoría de las ideas, la necesidad de la existencia de Dios. Él vuelve afirmar “Dios existe; pues si bien hay en mí la idea de la sustancia, siendo yo una, no podría haber en mí la idea de una sustancia infinita, siendo yo un ser finito, de no haber sido puesta en mí por una sustancia que ya sea verdaderamente infinita”.Y de ésta pasar a demostrar en otro momento deductivo a la sustancia extensa. 

 Dios para Descartes es el instrumento que le permitirá demostrar la existencia de la sustancia extensa en base al siguiente razonamiento, si  la extensión se me presenta como una idea evidente, clara y distinta ya que se refiere a todo lo que ocupa un lugar en el espacio, es posible que exista algo distinto de mi pensamiento, (sustancia pensante, o res cogitans),  como tengo ideas de cosas exteriores que llegan a mi pensamiento  por vías distintas del propio pensamiento, es probable que esas cosas extensas existan, como Dios es todo-bondadoso y perfecto, no puede permitir que yo me engañe cuando esas cosas exteriores a mi pensamiento las considero en sus propiedades cuantificables. Dicho de otro modo, dado que Dios ha quedado demostrado y definido como un ser, en la idea del cual se contiene la perfección, no puede ser posible que este ser omnipotente (todopoderoso) y omnisciente (infinitamente sabio) permita que el sujeto se equivoque al afirmar que existe un mundo exterior responsable de las ideas adventicias que este sujeto posee. En palabras de Descartes, en el Discurso del Método: “todas nuestras ideas o nociones deben tener algún fundamento de verdad; pues no sería posible que Dios, que es todo perfecto y verdadero, las hubiese puesto en nosotros sin eso”, por lo que la sustancia extensa existe por demostración, y esta sustancia sigue leyes mecánicas.  


El mecanicismo para Descartes es una teoría que no admite más explicación de los fenómenos naturales que las derivadas de los movimientos o combinaciones de movimientos de cuerpos. Esta teoría expresa que la naturaleza es como una máquina, la cual transmite sus movimientos corporales como resultados automáticos de otros, que se propagan de cuerpo a cuerpo mediante una acción recíproca. Un ejemplo de esto es un reloj de cuerda que realiza todos sus movimientos mediante otras acciones transmitidas por contacto de un cuerpo a otro cuerpo. Siguiendo el ejemplo del reloj  podemos preguntarnos: ¿quién ha construido el reloj? o ¿quién le ha dado cuerda? Basándonos en las sustancias, Dios ha creado el universo de materia inerte, y le infundió movimiento, por tanto la cantidad de materia y de movimiento permanecerá constante e inalterable. La materia extensa es divisible de manera infinita dando lugar a todas las clases de seres materiales existentes. El choque y el roce de los cuerpos producen unas “limaduras” que ocupan todos los huecos. Estos huecos hacen que nexista el vacío y, por tanto, el movimiento se transmite necesariamente de un cuerpo a otro por contacto.

En conclusión, René Descartes  define sustancia como una cosa que no tiene necesidad más que de sí misma para existir. Está definición es solamente aplicable a Dios. No obstante, por analogía, se aplica a la sustancia pensante y a la extensa. En el orden del conocimiento la sustancia pensante precede a la infinita y a la extensa  pero en el orden ontológico o de la realidad, la sustancia infinita contiene la pensante y la extensa. El procedimiento para conocer todas las sustancias es un procedimiento deductivo que parte del yo pensante. Lo distintivo de la sustancia extensa es el mecanicismo que la determina. 




lunes, 13 de enero de 2020

Montaigne, Ensayos, Libro I, Capítulo XXX De los caníbales


Montaigne, Ensayos, Libro I,
Capítulo XXX
De los caníbales

Cuando el rey Pirro pasó a Italia, luego que hubo reconocido la organización del ejército romano que iba a batallar contra el suyo: «No sé, dijo, qué clase de bárbaros sean éstos (sabido es que los griegos llamaban así a todos los pueblos extranjeros), pero la disposición de los soldados que veo no es bárbara en modo alguno.» Otro tanto dijeron los griegos de las tropas que Flaminio introdujo en su país, y Filipo, contemplando desde un cerro el orden disposición del campamento romano, en su reino, bajo Publio Sulpicio Galba. Esto prueba que es bueno guardarse de abrazar las opiniones comunes, que hay que juzgar por el camino de la razón y no por la voz general.

Cuestiones:
  1. ¿Por qué razón el texto advierte de la necesidad de cuestionar las opiniones generales?
He tenido conmigo mucho tiempo un hombre que había vivido diez o doce años en ese mundo que ha sido descubierto en nuestro siglo, en el lugar en que Villegaignon tocó tierra, al cual puso por nombre Francia antártica. Este descubrimiento de un inmenso país vale bien la pena de ser tomado en consideración. Ignoro si en lo venidero tendrán lugar otros, en atención a que tantos y tantos hombres que vallan más que nosotros no tenían ni siquiera presunción remota de lo que en nuestro tiempo ha acontecido. Yo recelo a veces que acaso tengamos los ojos más grandes que el vientre, y más curiosidad que capacidad. Lo abarcamos todo, pero no estrechamos sino viento.
...
El hombre de que he hablado era sencillo y rudo, condición muy adecuada para ser verídico testimonio, pues los espíritus cultivados, si bien observan con mayor curiosidad y mayor número de cosas, suelen glosarlas ...

Volviendo a mi asunto, creo que nada hay de bárbaro ni de salvaje en esas naciones, según lo que se me ha referido; lo que ocurre es que cada cual llama barbarie a lo que es ajeno a sus costumbres. Como no tenemos otro punto de mira para distinguir la verdad y la razón que el ejemplo e idea de las opiniones y usos de país en que vivimos, a nuestro dictamen en él tienen su asiento la perfecta religión, el gobierno más cumplido, el más irreprochable uso de todas las cosas. Así son salvajes esos pueblos como los frutos a que aplicamos igual nombre por germinar y desarrollarse espontáneamente; en verdad creo yo que mas bien debiéramos nombrar así a los que por medio de nuestro artificio hemos modificado y apartado del orden a que pertenecían; en los primeros se guardan vigorosas y vivas las propiedades y virtudes naturales, que son las verdaderas y útiles, las cuales hemos bastardeado en los segundos para acomodarlos al placer de nuestro gusto corrompido; y sin embargo, el sabor mismo y la delicadeza se avienen con nuestro paladar, que encuentra excelentes, en comparación con los nuestros, diversos frutos de aquellas regiones que se desarrollan sin cultivo. El arte no vence a la madre naturaleza, grande y poderosa. Tanto hemos recargado la belleza y riqueza de sus obras con nuestras invenciones, que la hemos ahogado; así es que por todas partes donde su belleza resplandece, la naturaleza deshonra nuestras invenciones frívolas y vanas.

Todos nuestros esfuerzos juntos no logran siquiera edificar el nido del más insignificante pajarillo, su contextura, su belleza y la utilidad de su uso; ni siquiera acertarían a formar el tejido de una mezquina tela de araña.

Esas naciones me parecen, pues, solamente bárbaras, en el sentido de que en ellas ha dominado escasamente la huella del espíritu humano, y porque permanecen todavía en los confines de su ingenuidad primitiva. Las leyes naturales dirigen su existencia muy poco bastardeadas por las nuestras, de tal suerte que, a veces, lamento que no hayan tenido noticia de tales pueblos, los hombres que hubieran podido juzgarlos mejor que nosotros. Siento que Licurgo y Platón no los hayan conocido, pues se me figura que lo que por experiencia vemos en esas naciones sobrepasa no sólo las pinturas con que la poesía ha embellecido la edad de oro de la humanidad, sino que todas las invenciones que los hombres pudieran imaginar para alcanzar una vida dichosa, juntas con las condiciones mismas de la filosofía, no han logrado representarse una ingenuidad tan pura y sencilla, comparable a la que vemos en esos países, ni han podido creer tampoco que una sociedad pudiera sostenerse con artificio tan escaso y, como si dijéramos, sin soldura humana. Es un pueblo, diría yo a Platón, en el cual no existe ninguna especie de tráfico, ningún conocimiento de las letras, ningún conocimiento de la ciencia de los números, ningún nombre de magistrado ni de otra suerte, que se aplique a ninguna superioridad política; tampoco hay ricos, ni pobres, ni contratos, ni sucesiones, ni particiones, ni más profesiones que las ociosas, ni más relaciones de parentesco que las comunes; las gentes van desnudas, no tienen agricultura ni metales, no beben vino ni cultivan los cereales. Las palabras mismas que significan la mentira, la traición, el disimulo, la avaricia, la envidia, la detractación, el perdón, les son desconocidas. ¡Cuán distante hallaría Platón la república que imaginé de la perfección de estos pueblos!

Viven en un lugar del país, pintoresco y tan sano que, según atestiguan los que lo vieron, es muy raro encontrar un hombre enfermo, legañoso, desdentado o encorbado por la vejez. Están situados a lo largo del Océano, defendidos del lado de la tierra por grandes y elevadas montañas, que distan del mar unas cien leguas aproximadamente. Tienen grande abundancia de carne y pescados, que en nada se asemejan a los nuestros, y que comen cocidos, sin aliño alguno. El primer hombre que vieron montado a caballo, aunque ya había tenido con ellos relaciones en anteriores viajes, les causó tanto horror en tal postura que le mataron a flechazos antes de reconocerlo. Sus edificios son muy largos, capaces de contener dos o trescientas almas; los cubren con la corteza de grandes arboles, están fijos al suelo por un extremo y se apoyan unos sobre otros por los lados, a la manera de algunas de nuestras granjas; la parte que los guarece llega hasta el suelo y les sirve de flanco. Tienen madera tan dura que la emplean para cortar, y con ella hacen espadas, y parrillas para asar la carne. Sus lechos son de un tejido de algodón, y están suspendidos del techo como los de nuestros navíos; cada cual ocupa el suyo; las mujeres duermen separadas de sus maridos. Levántanse cuando amanece, y comen, luego de haberse levantado, para todo el día, pues hacen una sola comida; en ésta no beben; así dice Suidas que hacen algunos pueblos del Oriente; beben sí fuera de la comida varias veces al día y abundantemente; preparan el líquido con ciertas raíces, tiene el color del vino claro y no lo toman sino tibio. Este brebaje, que no se conserva más que dos o tres días, es algo picante, pero no se sube a la cabeza; es saludable al estómago y sirve de laxante a los que no tienen costumbre de beberlo, pero a los que están habituados les es muy grato. En lugar de pan comen una sustancia blanca como el cilantro azucarado; yo la he probado, y, tiene el gusto dulce y algo desabrido. Pasan todo el día bailando. Los más jóvenes van a la caza de montería armados de arcos. Una parte de las mujeres se ocupa en calentar el brebaje, que es su principal oficio. Siempre hay algún anciano que por las mañanas, antes de la comida, predica a todos los que viven en una granjería, paseándose de un extremo a otro y repitiendo muchas veces la misma exhortación hasta que acaba de recorrer el recinto, el cual tiene unos cien pasos de longitud. No les recomienda sino dos cosas el anciano: el valor contra los enemigos y la buena amistad para con sus mujeres, y a esta segunda recomendación añade siempre que ellas son las que les suministran la bebida templada y en sazón. En varios lugares pueden verse, yo tengo algunos de estos objetos en mi casa, la forma de sus lechos, cordones, espadas, brazaletes de madera con que se preservan los puños en los combates, y grandes bastones con una abertura por un extremo, con el toque de los cuales sostienen la cadencia en sus danzas. Llevan el pelo cortado al rape, y se afeitan mejor que nosotros, sin otro utensilio que una navaja de madera o piedra. Creen en la inmortalidad del alma, y que las que han merecido bien de los dioses van a reposar al lugar del cielo en que el sol nace, y las malditas al lugar en que el sol se pone.

Tienen unos sacerdotes y profetas que se presentan muy poco ante el pueblo, y que viven en las montañas a la llegada de ellos celébrase una fiesta y asamblea solemne, en la que toman parte varias granjas; cada una de éstas, según queda descrita, forma un pueblo, y éstos se hallan situados una legua francesa de distancia. Los sacerdotes les hablan en público, los exhortan a la virtud y al deber, y toda su ciencia moral hállase comprendida en dos artículos, que son la proeza en la guerra y la afección a sus mujeres. Los mismos sacerdotes pronostícanles las cosas del porvenir y el resultado que deben esperar en sus empresas, encaminándolos o apartándolos de la guerra. Mas si son malos adivinos, si predicen lo contrario de lo que acontece, se los corta y tritura en mil pedazos, caso de atraparlos, como falsos profetas. Por esta razón, aquel que se equivoca una vez, desaparece luego para siempre.

Cuestiones:
  1. ¿Qué razones ofrece Montaigne para preferir a los indígenas antes que a los civilizados?
Los pueblos de que voy hablando hacen la guerra contra las naciones que viven del otro lado de las montañas, más adentro de la tierra firme. En estas luchas todos van desnudos; no llevan otras armas que arcos, o espadas de madera afiladas por un extremo, parecido a la hoja de un venablo. Es cosa sorprendente el considerar estos combates, que siempre acaban con la matanza y derramamiento de sangre, pues la derrota y el pánico son desconocidos en aquellas tierras. Cada cual lleva como trofeo la cabeza del enemigo que ha matado y la coloca a la entrada de su vivienda. A los prisioneros, después de haberles dado buen trato durante algún tiempo y de haberlos favorecido con todas las comodidades que imaginan, el jefe congrega a sus amigos en una asamblea, sujeta con una cuerda uno de los brazos del cautivo, y por el extremo de ella le mantiene a algunos pasos, a fin de no ser herido; el otro brazo lo sostiene de igual modo el amigo mejor del jefe; en esta disposición, los dos que le sujetan le destrozan a espadazos. Hecho esto, le asan, se lo comen entre todos, y envían algunos trozos a los amigos ausentes. Y no se lo comen para alimentarse, como antiguamente hacían los escitas, sino para llevar la venganza hasta el último límite; y así es en efecto, pues habiendo advertido que los portugueses que se unieron a sus adversarios ponían en práctica otra clase de muerte contra ellos cuando los cogían, la cual consistía en enterrarlos hasta la cintura y lanzarles luego en la parte descubierta gran número de flechas para después ahorcarlos, creyeron que estas gentes del otro mundo, lo mismo que las que habían sembrado el conocimiento de muchos vicios por los pueblos circunvecinos, que se hallaban más ejercitadas que ellos en todo género de malicia, no realizaban sin su por qué aquel género de venganza, que desde entonces fue a sus ojos más cruel que la suya; así que abandonaron su antigua práctica por la nueva de los portugueses. No dejo de reconocer la barbarie y el horror que supone el comerse al enemigo, mas sí me sorprende que comprendamos y veamos sus faltas y seamos ciegos para reconocer las nuestras. Creo que es más bárbaro comerse a un hombre vivo que comérselo muerto; desgarrar por medio de suplicios y tormentos un cuerpo todavía lleno de vida, asarlo lentamente, y echarlo luego a los perros o a los cerdos; esto, no sólo lo hemos leído, sino que lo hemos visto recientemente, y no es que se tratara de antiguos enemigos, sino de vecinos y conciudadanos, con la agravante circunstancia de que para la comisión de tal horror sirvieron de pretexto la piedad y la religión. Esto es más bárbaro que asar el cuerpo de un hombre y comérselo, después de muerto.

Crisipo y Zenón, maestros de la secta estoica, opinaban que no había inconveniente alguno en servirse de nuestros despojos para cualquier cosa que nos fuera útil, ni tampoco en servirse de ellos como alimento. Sitiados nuestros antepasados por César en la ciudad de Alesia, determinaron, para no morirse de hambre, alimentarse con los cuerpos de los ancianos, mujeres y demás personas inútiles para el combate.


Los mismos médicos no tienen inconveniente en emplear los restos humanos para las operaciones que practican en los cuerpos vivos, y los aplican, ya interior ya exteriormente. Jamás se vio en aquellos países opinión tan relajada que disculpase la traición, la deslealtad, la tiranía y la crueldad, que son nuestros pecados ordinarios. Podemos, pues, llamarlos bárbaros en presencia de los preceptos que la sana razón dicta, mas no si los comparamos con nosotros, que los sobrepasamos en todo género de barbarie. Sus guerras son completamente nobles y generosas; son tan excusables y abundan en acciones tan hermosas como esta enfermedad humana puede cobijar. No luchan por la conquista de nuevos territorios, pues gozan todavía de la fertilidad natural que los procura sin trabajo ni fatigas cuanto les es preciso, y tan abundantemente que les sería inútil ensanchar sus límites. Encuéntranse en la situación dichosa de no codiciar sino aquello que sus naturales necesidades les ordenan; todo lo que a éstas sobrepasa es superfluo para ellos. Generalmente los de una misma edad se llaman hermanos, hijos los menores, y los ancianos se consideran como padres de todos. Estos últimos dejan a sus herederos la plena posesión de sus bienes en común, sin más títulos que el que la naturaleza da a las criaturas al echarlas al mundo. Si sus vecinos trasponen las montañas para sitiarlos y logran vencerlos, el botín del triunfo consiste únicamente en la gloria y superioridad de haberlos sobrepasado en valor y en virtud, pues de nada les servirían las riquezas de los vencidos. Regresan a sus países, donde nada de lo preciso los falta, y donde saben además acomodarse a su condición y vivir contentos con ella. Igual virtud adorna a los del contrario bando. A los prisioneros no les exigen otro rescate que la confesión y el reconocimiento de haber sido vencidos; pero no se ve ni uno solo en todo el transcurso de un siglo que no prefiera antes la muerte que mostrarse cobarde ni de palabra ni de obra; ninguno pierde un adarme de su invencible esfuerzo, ni se ve ninguno tampoco que no prefiera ser muerto y devorado antes que solicitar el no serlo. Trátanlos con entera libertad a fin de que la vida les sea más grata, y les hablan generalmente de las amenazas de una muerte próxima, de los tormentos que sufrirán, de los preparativos que se disponen a este efecto, del magullamiento de sus miembros y del festín que se celebrará a sus expensas. De todo lo cual se echa mano con el propósito de arrancar de sus labios alguna palabra blanda o alguna bajeza, y también para hacerlos entrar en deseos de fluir para de este modo poder vanagloriarse de haberlos metido miedo y quebrantado su firmeza, pues consideradas las cosas rectamente, en este solo punto consiste la victoria verdadera.


Volviendo a los caníbales, diré que, muy lejos de rendirse los prisioneros por las amenazas que se les hacen, ocurre lo contrario; durante los dos o tres meses que permanecen en tierra enemiga están alegres, y meten prisa a sus amos para que se apresuren a darles la muerte, desafiándolos, injuriándolos, y echándoles en cara la cobardía y el número de batallas que perdieron contra los suyos. Guardo una canción compuesta por uno de aquéllos, en que se leen los rasgos siguientes: «Que vengan resueltamente todos cuanto antes, que se reúnan para comer mi carne, y comerán al mismo tiempo la de sus padres y la de sus abuelos, que antaño sirvieron de alimento a mi cuerpo; estos músculos, estas carnes y estas venas son los vuestros, pobres locos; no reconocéis que la sustancia de los miembros de vuestros antepasados reside todavía en mi cuerpo; saboreadlos bien, y encontraréis el guste de vuestra propia carne.» En nada se asemeja esta canción a las de los salvajes. Los que los pintan moribundos y los representan cuando se los sacrifica, muestran al prisionero escupiendo en el rostro a los que le matan y haciéndoles gestos. Hasta que exhalan el último suspiro no cesan de desafiarlos de palabra y por obras. Son aquellos hombres, sin mentir, completamente salvajes comparados con nosotros; preciso es que lo sean a sabiendas o que lo seamos nosotros. Hay una distancia enorme entre su manera de ser y la nuestra.


Tres hombres de aquellos países, desconociendo lo costoso que sería un día a su tranquilidad y dicha el conocimiento de la corrupción del nuestro, y que su comercio con nosotros engendraría su ruina, como supongo que habrá ya acontecido, por la locura de haberse dejado engañar por el deseo de novedades, y por haber abandonado la dulzura de su cielo para ver el nuestro, vinieron a Ruán cuando el rey Carlos IX residía en esta ciudad. El soberano los habló largo tiempo; mostrárenseles nuestras maneras, nuestros lujos, y cuantas cosas encierra una gran ciudad. Luego alguien quiso saber la opinión que formaran, y deseando conocer lo que les había parecido más admirable, respondieron que tres cosas (de ellas olvidé una y estoy bien pesaroso, pero dos las recuerdo bien): dijeron que encontraban muy raro que tantos hombres barbudos, de elevada estatura, fuertes y bien armados como rodeaban al rey (acaso se referían a los suizos de su guarda) se sometieran a la obediencia de un muchachillo, no eligieran mejor uno de entre ellos para que los mandara. En segundo lugar (según ellos la mitad de los hombres vale por lo menos la otra mitad), observaron que había entre nosotros muchas personas llenas y ahítas de toda suerte de comodidades y riquezas; que los otros mendigaban de hambre y miseria, y que les parecía también singular que los segundos pudieran soportar injusticia semejante y que no estrangularan a los primeros, o no pusieran fuego a sus casas.

Yo hablé a mi vez largo tiempo con uno de ellos, pero tuve un intérprete tan torpe o inhábil para entenderme, que fue poquísimo el placer que recibí. Preguntándole qué ventajas alcanzaba de la superioridad de que se hallaba investido entre los suyos, pues era entre ellos capitán, nuestros marinos le llamaban rey, díjome que la de ir a la cabeza en la guerra. Interrogado sobre el número de hombres que le seguían, mostrome un lugar para significarme que tantos como podía contener el sitio que señalaba (cuatro o cinco mil). Habiéndole dicho si fuera de la guerra duraba aún su autoridad, contestó que gozaba del privilegio, al visitar los pueblos que dependían de su mando, de que lo abriesen senderos al través de las malezas y arbustos, por donde pudiera pasar a gusto. Todo lo dicho en nada se asemeja a la insensatez ni a la barbarie. Lo que hay es que estas gentes no gastan calzones ni coletos.

Cuestiones:
  1. ¿A quiénes y por qué juzga Montaigne más bárbaros: a los indígenas o a los exploradores occidentales?

domingo, 20 de octubre de 2019

sábado, 19 de octubre de 2019

Contexto filosófico. Las consecuencias de la nueva ciencia


Descartes y el contexto filosófico. Las consecuencias de la nueva ciencia.

Trabajo realizado por el alumnado del centro del que se omite el nombre en cumplimiento de la normativa de protección de datos. 


Para poder tratar correctamente el tema planteado es necesario realizarse una serie de preguntas tales como ¿entró en crisis la filosofía aristotélica en el renacimiento?, ¿qué nueva ciencia se impone en el renacimiento y por qué?, ¿cuáles son las cualidades primarias y secundarias de las cosas y por qué?, ¿existe una autoridad mayor que la razón para hacer ciencia?, ¿cómo se concebía al ser humano según esta ciencia? 

En primer lugar, para el correcto entendimiento del tema planteado y cada uno de sus términos es necesario conocer qué es la nueva ciencia en sí. Pues bien, este término hace referencia al movimiento cultural más característico de la época, ya que va a producirse tal auge científico entre los siglos XVI y XVII que va a tener lugar la denominada Revolución científica. Puesto que esta revolución es completamente opuesta a la filosofía medieval, es decir, la aristotélica, aceptada por la sociedad en ese periodo. El hombre tendrá que aprender a edificar su ciencia en ruptura con la filosofía de Aristóteles , es decir, contraponerlas y eliminar todo indicio del medievo que pueda crear cierto impedimento en el camino hacia la ciencia y el conocimiento. Creando así la conocida nueva ciencia.



A continuación pasaré a tratar el tema central de la redacción que son las consecuencias de la nueva ciencia  provocadas por la matematización de la realidad. En primer lugar nos encontramos con la renuncia a la búsqueda de causas últimas o esencias al investigar los movimientos.”  Por ejemplo Aristóteles para explicar el movimiento afirmaba que todo lo que se mueve es movido por algo, esto implicaba que en la cadena de agentes movientes debería existir uno que moviese sin ser él movido, a este motor Aristóteles le llamó motor inmóvil. Los científicos del renacimiento (siglos XV-XVI) reducían el movimiento y todo lo real a magnitudes, figuras, líneas y volúmenes para  ponerlas en relación con otras propiedades medibles, como el tiempo,espacio, masa... Para descubrir así las relaciones existentes entre ellas y expresar su relación en una ley matemática. Todo esto provoca que la realidad se represente excesivamente simplificada y que tan solo seamos capaces de llegar a conocer de cualquier objeto o cosa sus propiedades medibles y cuantificables y no su esencia. Para explicarlo mejor citaré un sencillo ejemplo creado por  Galileo, “ No te pregunto por el nombre sino por la esencia de la cosa. De esta tu no conoces ni un ápice (...). Excluyendo el nombre que se le atribuye y que se ha hecho familiar y corriente por las muchas experiencias que tenemos de él dia a dia. Realmente, no comprendo cuál poder o qué principio es el que mueve una piedra hacia abajo ni comprendemos lo que la mueve hacia arriba después de que haya dejado el proyector o lo que hace girar la luna” Esto nos demuestra que el ser humano tan solo es capaz de conocer aquello que nos proporcionan las leyes matemáticas y sus ramas, pero no conocemos realmente el objeto en sí, ni las propiedades, y mucho menos el “alma” real de cada objeto, sustancia, proceso... Creando  así una cierta  renuncia de búsqueda en el hombre.



En segundo lugar tenemos la consideración de que “las matemáticas representan la verdadera y objetiva realidad”. Las matemáticas son el lenguaje en el que está escrito el mundo, con lo cual, todo aquello que obstaculice la reducción de lo real a un simple esquema matemático o geométrico debe ser suprimido. Esto nos plantea que cualquier elemento debe y puede ser simplificado matemáticamente sin importar su esencia o propiedades y todo aquello imposible de reducir a número no es propiamente real.Por lo tanto los olores, colores, sensaciones, como el calor, sonidos… al no poder ser medidos, no se consideran como algo real perteneciente a un objeto, sino al sujeto que los siente. Son tan solo un producto de la acción de los átomos sobre los sentidos. Con lo cual tan solo las propiedades cuantificables y matematizables, pertenecen realmente a las cosas. En cambio los olores, colores, son cualidades subjetivas que están en nosotros y no en las cosas mismas.



En tercer lugar tenemos la exaltación de la razón humana como fuente autónoma de verdades” Esta teoría postula que la razón puede ser engañada cuando se basa en fundamentos ingenuos, es decir, inseguros . Pero no cuando está basada sobre esquemas matemáticos,en los cuales se encuentra la certeza absoluta. Nada puede ser falso si está basado en fundamentos científicos, ya que todo lo simplificado matemáticamente es real. Superando incluso el conocimiento del propio Dios. Así, afirma Galileo “el intelecto humano entiende algunas cosas tan perfectamente y con tan absoluta certeza como pudiera tener la sabiduría divina. Y estas son las ciencias matemáticas puras, es decir la geometría y la aritmética (...).” Todo esto garantiza que el ser humano puede hallar verdades puras por sí solo, sin la necesidad de ningún tipo de religión, Iglesia  o la imposición de autoridades mayores, como podría ser Aristóteles. Y defendiendo principalmente la autonomía de cada individuo y de su razón para descubrir sus propios conocimientos sin verse afectado por las opiniones o creencias de otros, como bien postula Descartes en el Discurso del Método, ni porque habían sido dichas por otros ni porque no lo habían sido, sino sólo porque la razón me ha persuadido de ello”.



Y por último tenemos que “esta matematización llevaba a cambiar la imagen que el ser humano se hacía del mundo y de sí mismo”. Esto consiste en la mecanización del mundo,es decir, al analizar al hombre en términos de cuerpos como figuras, tamaños, posiciones y movimientos, se tendía a verlo como un autómata, es decir como el mecanismo de un complejísimo e inmenso reloj. Este complejísimo autómata solo lo conoceríamos cuando fuésemos capaces de comprender las piezas de las que está formado y las leyes de movimiento que las hace moverse. Descartes pretendía explicar todas las funciones del cuerpo humano, como la digestión, la respiración... , a partir de las funciones de los elementos simples o órganos más sencillos que lo integran. Es decir, se intenta llegar a la explicación del ser humano analizando los procesos y variantes que lo forman, uniendo cada una de las piezas para poder comprender el conjunto entero. Tan solo el alma humana va a escaparse del intento de explicación mecánica, siendo reconocida como una entidad espiritual incapaz de analizar mediante estas leyes físicas y matematizables.


En conclusión podríamos decir que la nueva ciencia es la revolución científica y la superposición de las matemáticas sobre la religión y la filosofía medieval y que además tiene cuatro consecuencias principales que son : “la renuncia a la búsqueda de causas últimas o esencias al investigar los movimientos.”;   las matemáticas representan la verdad y objetividad de la realidad”;  “la exaltación de la razón humana como fuente autónoma de verdades frente a la religión y otras autoridades”; y  la matematización llevaba a cambiar la imagen que el ser humano se hacía del mundo y de sí mismo”. 

domingo, 13 de octubre de 2019

Discurso del método. Parte IV, párrafos 3...-7


Discurso del método. Parte IV, párrafos 3...-7

Después de lo cual, hube de reflexionar que, puesto que yo dudaba, no era mi ser enteramente perfecto, pues veía claramente que hay más perfección en conocer que en dudar; y se me ocurrió entonces indagar por dónde había yo aprendido a pensar en algo más perfecto que yo; y conocí evidentemente que debía de ser por alguna naturaleza que fuese efectivamente más perfecta. En lo que se refiere a los pensamientos, que en mí estaban, de varias cosas exteriores a mí, como son el cielo, la tierra, la luz, el calor y otros muchos, no me preocupaba mucho el saber de dónde procedían, porque, no viendo en esos pensamientos nada que me pareciese hacerlos superiores a mí, podía creer que, si eran verdaderos, eran unas dependencias de mi naturaleza, en cuanto que ésta posee alguna perfección, y si no lo eran, procedían de la nada, es decir, estaban en mí, porque hay defecto en mí. Pero no podía suceder otro tanto con la idea de un ser más perfecto que mi ser, pues era cosa manifiestamente imposible que la tal idea procediese de la nada y como no hay la menor repugnancia en pensar que lo más perfecto sea consecuencia y dependencia de lo menos perfecto que en pensar que de nada provenga algo, no podía tampoco proceder de mí mismo; de suerte que sólo quedaba que hubiese sido puesta en mí por una naturaleza verdaderamente más perfecta que yo, y poseedora inclusive de todas las perfecciones de que yo pudiera tener idea; esto es, para explicarlo en una palabra, por Dios. A esto añadí que, supuesto que yo conocía algunas perfecciones que me faltaban, no era yo el único ser que existiese (aquí, si lo permitís, haré uso libremente de los términos de la escuela), sino que era absolutamente necesario que hubiese algún otro ser más perfecto de quien yo dependiese y de quien hubiese adquirido todo cuanto yo poseía; pues si yo fuera solo e independiente de cualquier otro ser, de tal suerte que de mí mismo procediese lo poco en que participaba del Ser perfecto, hubiera podido tener por mí mismo también, por idéntica razón, todo lo demás que yo sabía faltarme, y ser, por lo tanto, yo infinito, eterno, inmutable, omnisciente, omnipotente y, en fin, poseer todas las perfecciones que podía advertir en Dios. Pues en virtud de los razonamientos que acabo de hacer, para conocer la naturaleza de Dios, hasta donde la mía es capaz de conocerla, bastábame considerar todas las cosas de que hallara en mí mismo alguna idea y ver si era o no perfección el poseerlas, y estaba seguro de que ninguna de las que indicaban alguna imperfección está en Dios, pero todas las demás sí están en Él; así veía que la duda, la inconstancia, la tristeza y otras cosas semejantes no pueden estar en Dios, puesto que mucho me holgara yo de verme libre de ellas. Además, tenía yo ideas de varias cosas sensibles y corporales, pues aun suponiendo que soñaba y que todo cuanto veía e imaginaba era falso, no podía negar, sin embargo, que esas ideas estuvieran verdaderamente en mi pensamiento. Mas habiendo ya conocido en mí muy claramente que la naturaleza inteligente es distinta de la corporal, y considerando que toda composición denota dependencia, y que la dependencia es manifiestamente un defecto, juzgaba por ello que no podía ser una perfección en Dios el componerse de esas dos naturalezas, y que, por consiguiente, Dios no era compuesto; en cambio, si en el mundo había cuerpos, o bien algunas inteligencias u otras naturalezas que no fuesen del todo perfectas, su ser debía depender del poder divino, hasta el punto de no poder subsistir sin él un solo instante.

Quise indagar luego otras verdades; y habiéndome propuesto el objeto de los geómetras, que concebía yo como un cuerpo continuo o un espacio infinitamenre extenso en longitud, anchura y altura o profundidad, divisible en varias partes que pueden tener varias figuras y magnitudes y ser movidas o trasladadas en todos los sentidos, pues los geómetras suponen todo eso en su objeto, repasé algunas de sus más simples demostraciones, y habiendo advertido que esa gran certeza que todo el mundo atribuye a estas demostraciones se funda tan sólo en que se conciben con evidencia, según la regla antes dicha, advertí también que no había nada en ellas que me asegurase de la existencia de su objeto, pues, por ejemplo, yo veía bien que, si suponemos un triángulo, es necesario que los tres ángulos sean iguales a dos rectos; pero nada veía que me asegurase que en el mundo hay triángulo alguno; en cambio, si volvía a examinar la idea que yo tenía de un ser perfecto, encontraba que la existencia está comprendida en ella del mismo modo que en la idea de un triángulo está comprendido el que sus ángulos sean iguales a dos rectos, o en la de una esfera el que todas sus partes sean igualmente distantes del centro, y hasta con más evidencia aún; y que, por consiguiente, tan cierto es por lo menos que Dios, que es ese ser perfecto, es o existe, como lo pueda ser una demostración de geometría.

Pero si hay algunos que están persuadidos de que es difícil conocer lo que sea Dios, y aun lo que sea el alma, es porque no levantan nunca su espíritu por encima de las cosas sensibles y están tan acostumbrados a considerarlo todo con la imaginación ---que es un modo de pensar particular para las cosas materiales-que lo que no es imaginable les parece no ser inteligible. Lo cual está bastante manifiesto en la máxima que los mismos filósofos admiten como verdadera en las escuelas, y que dicen que nada hay en el entendimiento que no haya estado antes en el sentido, en donde, sin embargo, es cierto que nunca han estado las ideas de Dios y del alma; y me parece que los que quieren hacer uso de su imaginación para comprender esas ideas, son como los que para oír los sonidos u oler los olores quisieran emplear los ojos; y aún hay esta diferencia entre aquéllos y éstos: que el sentido de la vista no nos asegura menos de la verdad de sus objetivos que el olfato y el oído de los suyos, mientras que ni la imaginación ni los sentidos pueden asegurarnos nunca cosa alguna, como no intervenga el entendimiento.

En fin, si aún hay hombres a quienes las razones que he presentado no han convencido bastante de la existencia de Dios y del alma, quiero que sepan que todas las demás cosas que acaso crean más seguras, como son que tienen un cuerpo, que hay astros, y una tierra, y otras semejantes son, sin embargo, menos ciertas; pues si bien tenemos una seguridad moral de esas cosas, tan grande que parece que, a menos de ser un extravagante, no puede nadie ponerlas en duda, sin embargo, cuando se trata de una certidumbre metafísica, no se puede negar, a no ser perdiendo la razón, que no sea bastante motivo, para no estar totalmente seguro, el haber notado que podemos de la misma manera imaginar en sueños que tenemos otro cuerpo y que vemos otros astros y otra tierra, sin que ello sea así. Pues, ¿cómo sabremos que los pensamientos que se nos ocurren durante el sueño son falsos, y que no lo son los que tenemos despiertos, si muchas veces sucede que aquéllos no son menos vivos y expresos que éstos? Y por mucho que estudien los mejores ingenios, no creo que puedan dar ninguna razón bastante para levantar esa duda, como no presupongan la existencia de Dios. Pues en primer lugar, esa misma regla que antes he tomado, a saber, que las cosas que concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas, esa misma regla recibe su certeza sólo de que Dios es o existe, y de que es un ser perfecto, y de que todo lo que está en nosotros proviene de Él; de donde se sigue que, siendo nuestras ideas o nociones, cuando son claras y distintas, cosas reales y procedentes de Dios, no pueden por menos de ser también, en ese respecto, verdaderas. De suerte que si tenemos con bastante frecuencia ideas que encierran falsedad, es porque hay en ellas algo confuso y oscuro, y en este respecto participan de la nada; es decir, que si están así confusas en nosotros, es porque no somos totalmente perfectos. Y es evidente que no hay menos repugnancia en admitir que la falsedad o imperfección proceda como tal de Dios mismo, que en admitir que la verdad o la perfección procede de la nada. Mas si no supiéramos que todo cuanto en nosotros es real y verdadero proviene de un ser perfecto e infinito, entonces, por claras y distintas que nuestras ideas fuesen, no habría razón alguna que nos asegurase que tienen la perfección de ser verdaderas.

Así, pues, habiéndonos testimoniado el conocimiento de Dios y del alma la certeza de esa regla, resulta bien fácil conocer que los ensueños que imaginamos dormidos no deben, en manera alguna, hacernos dudar de la verdad de los pensamientos que tenemos despiertos. Pues si ocurriese que en sueños tuviera una persona una idea muy clara y distinta, como, por ejemplo, que inventase un geómetra una demostración nueva, no sería ello motivo para impedirle ser verdadera; y en cuanto al error más corriente en muchos sueños, que consiste en representarnos varios objetos del mismo modo como nos los representan los sentidos exteriores, no debe importarnos que nos dé ocasión de desconfiar de la verdad de esas tales ideas, porque también pueden engañarnos con frecuencia durante la vigilia, como los que tienen ictericia lo ven todo amarillo, o como los astros y otros cuerpos muy lejanos nos parecen mucho más pequeños de lo que son. Pues, en último término, despiertos o dormidos, no debemos dejarnos persuadir nunca sino por la evidencia de la razón. Y nótese bien que digo de la razón, no de la imaginación ni de los sentidos; como asimismo, porque veamos el sol muy claramente, no debemos por ello juzgar que sea del tamaño que le vemos; y muy bien podemos imaginar distintamente una cabeza de león pegada al cuerpo de una cabra, sin que por eso haya que concluir que en el mundo existe la quimera, pues la razón no nos dice que lo que así vemos o imaginamos sea verdadero, pero nos dice que todas nuestras ideas o nociones deben tener algún fundamento de verdad; pues no fuera posible que Dios, que es todo perfecto y verdadero, las pusiera sin eso en nosotros; y puesto que nuestros razonamientos nunca son tan evidentes y tan enteros cuando soñamos como cuando estamos despiertos, si bien a veces nuestras imaginaciones son tan vivas y expresivas y hasta más en el sueño que en la vigilia, por eso nos dice la razón que, no pudiendo ser verdaderos todos nuestros pensamientos, porque no somos totalmente perfectos, deberá infaliblemente hallarse la verdad más bien en los que pensemos estando despiertos que en los que tengamos en sueños.

Cuestiones:

  1. ¿Porqué Descartes no se ve a sí mismo como perfecto?
  2. ¿En qué se distingue el pensamiento de ser perfecto del pensamiento de cosas exteriores a mí?
  3. ¿Cómo deduce Descartes a partir de mi idea de ser perfecto la evidencia de que Dios existe?
  4. ¿Porqué Dios no puede ser un compuesto?
  5. Descartes establece también un argumento por analogía entre la idea de triángulo y ser perfecto, explica cómo a partir de esta comparación o analogía Descartes nos ofrece otro argumento de la existencia de Dios.
  6. Explica si Descartes afirma o refuta la siguiente máxima “nada hay en el entendimiento que no haya estado antes en el sentido” respecto a la idea de Dios.
  7. ¿Qué es más seguro para Descartes que existe Dios o que tenemos un cuerpo? Razona la respuesta según Descartes.
  8. ¿Para qué es necesario presuponer la existencia de Dios?
  9. ¿Qué o quién garantiza que las ideas que tenemos de los objetos externos son ciertas y verdaderas? ¿Cómo es posible esa garantía?
  10. Explica el significados de los términos: Dios, sueños, sentidos, razón, según el texto.
  11. Sintetiza las ideas más importantes del texto mostrando en tu resumen la estructura argumentativa o expositiva del texto.

Discurso del método. Parte IV , párrafos 1-3...


Discurso del método. Parte IV , párrafos 1-3...

No sé si debo hablaros de las primeras meditaciones que hice allí, pues son tan metafísicas y tan fuera de lo común, que quizá no gusten a todo el mundo. Sin embargo, para que se pueda apreciar si los fundamentos que he tomado son bastante firmes, me veo en cierta manera obligado a decir algo de esas reflexiones. Tiempo ha que había advertido que, en lo tocante a las costumbres, es a veces necesario seguir opiniones que sabemos muy inciertas, como si fueran indudables, y esto se ha dicho ya en la parte anterior; pero deseando yo en esta ocasión ocuparme tan sólo de indagar la verdad, pensé que debía hacer lo contrario y rechazar como absolutamente falso todo aquello en que pudiera imaginar la menor duda, con el fin de ver si, después de hecho esto, no quedaría en mi creencia algo que fuera enteramente indudable. Así, puesto que los sentidos nos engañan, a las veces, quise suponer que no hay cosa alguna que sea tal y como ellos nos la presentan en la imaginación; y puesto que hay hombres que yerran al razonar, aun acerca de los más simples asuntos de geometría, y cometen paralogismos, juzgué que yo estaba tan expuesto al error como otro cualquiera, y rechacé como falsas todas las razones que anteriormente había tenido por demostrativas; y, en fin, considerando que todos los pensamientos que nos vienen estando despiertos pueden también ocurrírsenos durante el sueño, sin que ninguno entonces sea verdadero, resolví fingir que todas las cosas que hasta entonces habían entrado en mi espíritu no eran más verdaderas que las ilusiones de mis sueños. Pero advertí luego que, queriendo yo pensar, de esa suerte, que todo es falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa; y observando que esta verdad: <<yo pienso, luego soy», era tan firme y segura que las más extravagantes suposiciones de los escépticos no son capaces de conmoverla, juzgué que podía recibirla, sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que andaba buscando.


Examiné después atentamente lo que yo era, y viendo que podía fingir que no tenía cuerpo alguno y que no había mundo ni lugar alguno en el que yo me encontrase, pero que no podía fingir por ello que no fuese, sino al contrario, por lo mismo que pensaba en dudar de la verdad de las otras cosas, se seguía muy cierta y evidentemente que yo era, mientras que, con sólo dejar de pensar, aunque todo lo demás que había imaginado fuese verdad, no tenía razón alguna para creer que yo era, conocí por ello que yo era una sustancia cuya esencia y naturaleza toda es pensar, y que no necesita, para ser, de lugar alguno, ni depende de cosa alguna material; de suerte que este yo, es decir, el alma por la cual yo soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo y hasta más fácil de conocer que éste, y, aunque el cuerpo no fuese, el alma no dejaría de ser cuanto es.

Después de esto, consideré, en general, lo que se requiere en una proposición para que sea verdadera y cierta, pues ya que acababa de hallar una que sabía que lo era, pensé que debía saber también en qué consiste esa certeza. Y habiendo notado que en la proposición «yo pienso, luego soy» no hay nada que me asegure que digo verdad, sino que veo muy claramente que para pensar es preciso ser, juzgué que podía admitir esta regla general: que las cosas que concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas, y que sólo hay alguna dificultad en notar cuáles son las que concebimos distintamente.

Cuestiones:

  1. ¿Qué le preocupa a Descartes en este texto, las costumbres y la ética, o conocer la verdad y elaborar una teoría del conocimiento?
  2. ¿Qué ve necesario realizar Descartes para conocer la verdad?
  3. Razona si para Descartes a la hora de conocer la verdad son motivo de duda la información que procede de los sentidos, la imaginación con la que elaboramos los sueños, y la misma razón.
  4. ¿Encuentra Descartes alguna verdad evidente e indubitable, es decir, resistente a toda duda? ¿Cuál?
  5. A partir de la primera verdad Descartes deduce que el yo ¿qué es?
  6. ¿Qué dos requisitos reúne esa primera verdad? ¿Son necesarios para declarar verdad cualquier otra afirmación? Razona tu respuesta.
  7. Define según el texto el significado de sustancia, sentidos, sueño, razón.
  8. Sintetiza las ideas del texto mostrando en tu resumen la estructura argumentativa o expositiva del texto.